La historia cultural del Río de la Plata puede leerse a través de sus objetos. Entre ellos, la indumentaria ocupa un lugar central. Vestir no fue nunca un acto neutro, sino una práctica atravesada por migraciones, jerarquías sociales y aspiraciones colectivas. En ese entramado, el tango se vuelve una clave privilegiada para comprender cómo el cuerpo vestido construyó identidad.
Antes de la consolidación del tango como práctica urbana, en el Río de la Plata tardocolonial convivían dos lógicas de vestir. Por un lado, una tradición rural basada en prendas envolventes —ponchos, paños rectangulares, chiripás— pensadas para la superposición y la funcionalidad. Por otro, un registro urbano incipiente, influenciado por Europa, que introducía la chaqueta, la levita y la verticalidad de la sastrería. Esta tensión entre envolver y entallar se mantuvo como uno de los núcleos formales persistentes de la cultura rioplatense (Saulquin, 2010).
Durante el siglo XIX, la figura del gaucho consolidó un sistema de vestimenta funcional cargado de significado simbólico. El pasaje del chiripá a la bombacha de campo fijó constantes morfológicas que luego reaparecerían en el tango, como la amplitud de la pierna y la cintura marcada. La rastra introdujo un valor representacional explícito: vestir comenzó a ser también una forma de exhibir pertenencia y estatus.
A partir de 1870, la expansión urbana de Buenos Aires produjo un quiebre decisivo. El gaucho desplazado hacia la ciudad abandonó progresivamente las prendas rurales. En su lugar emergió el compadrito, que adoptó camisa, saco y pantalón. Aunque el traje no fuera de uso cotidiano para todos, se volvió un ideal aspiracional: vestir a la ciudad era una forma de reclamar pertenencia.


